Fiestas de San Isidro
Cuando se arriman las fechas de San Isidro, el santo labrador que con mula y arado ganó su sitio en los cielos, Madrid se viste de chulapo, se lanza a la pradera y saca el porrón a paseo. Pero más allá de rosquillas y verbenas, hay un nexo profundo —y sabroso— entre este patrón del campo y el vino, que merece descorcharse con calma y buen humor.
De santo humilde a patrón con solera
San Isidro Labrador nació allá por el siglo XI, en la entonces modesta villa de Madrid. No era noble ni sabio, sino un campesino sencillo que aró surcos con más fe que fuerza. Se le atribuyen milagros de regatos que brotan de las piedras, campos que reverdecen y mulas que trabajan solas mientras él reza. No es de extrañar que se ganara la simpatía del agricultor de a pie, que lo convirtió en su intercesor celeste. Y ya se sabe: quien cuida la tierra, bien merece una copa de lo que da.
Praderas, romerías y tintos de bota
Las fiestas de San Isidro son, más que una celebración religiosa, una exaltación del campo madrileño en su forma más fiestera. En la Pradera del santo, entre mantones y organillos, se trincha tortilla, se pican torreznos y se riega todo con vino fresco, servido en porrón o bota, como manda la tradición. Porque si el agua es para los milagros, el vino es para brindar por ellos.
No hay misa sin vino ni merienda sin brindis. Los madrileños de cuna y de adopción lo saben: celebrar a San Isidro es también celebrar los frutos de la tierra. Y entre ellos, el más alegre y charlatán es siempre el vino.
El vino, ese compañero del labrador
San Isidro aró la tierra, sí, pero la tierra también da viña, y de ahí nace el vino. ¿Hay algo más simbólico que brindar con el fruto que brota de la paciencia, el sol y la lluvia? El viticultor, como el santo, madruga, observa el cielo y confía en que la cosecha le sea propicia. Cuando descorcha una botella, no solo celebra: agradece.
En el campo, el vino siempre fue compañero: en el zurrón de los jornaleros, en las comidas al raso, en las vendimias. Un trago al mediodía, otro al anochecer, y el alma se aligera.
¿Y hay vino de San Isidro? ¡Claro que sí!
Aunque no tenga denominación propia, hay más de una bodega, cooperativa o vino que lleva el nombre del santo. Y no es para menos: ¿quién mejor que un labrador para apadrinar un vino honesto, de esos que saben a tierra y esfuerzo? Desde garnachas madrileñas hasta tintos recios de la meseta, cualquier vino con carácter de campo es digno para alzar la copa en su honor.
Para los devotos del vino (y del buen vivir), San Isidro es una excusa perfecta para sacar la bota del armario y compartir una copa entre amigos. Que el santo proteja la tierra, y el vino nos alegre la vida.







