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Las denominaciones de origen más jóvens de España

Las denominaciones de origen más jóvenes de España

Del boom canario de los años 90 al nacimiento de Campo de Calatrava

Cuando pensamos en las denominaciones de origen españolas solemos imaginar territorios con siglos de historia. Rioja, Jerez, Ribera del Duero o Rías Baixas forman parte del paisaje vitivinícola habitual y parecen haber estado ahí desde siempre. Sin embargo, muchas denominaciones de origen son relativamente recientes y algunas han nacido hace apenas unos años.

La creación de la Denominación de Origen Protegida Campo de Calatrava en 2024 ha vuelto a poner el foco sobre una cuestión curiosa: ¿por qué cada vez se crean menos denominaciones de origen en España?

Un país que pasó décadas ampliando su mapa del vino

Durante buena parte del siglo XX y especialmente entre las décadas de 1980 y 1990, España vivió una auténtica expansión de las denominaciones de origen. Muchas zonas históricas consiguieron por fin un reconocimiento oficial que protegía sus vinos y garantizaba su procedencia.

Aquellos años fueron especialmente importantes para regiones que habían mantenido una larga tradición vitícola pero carecían de una figura de calidad reconocida. El resultado fue un crecimiento constante del número de denominaciones de origen repartidas por toda la geografía española.

Sin embargo, al comenzar el siglo XXI el ritmo empezó a disminuir. El mapa del vino español estaba cada vez más definido y las nuevas incorporaciones se hicieron mucho menos frecuentes.

Canarias, protagonista de las últimas grandes incorporaciones

Si observamos cuáles son algunas de las denominaciones de origen más jóvenes de España, llama la atención el peso de las Islas Canarias.

En la década de los noventa fueron reconocidas varias denominaciones que hoy forman parte de la identidad vitivinícola del archipiélago:

  • Valle de la Orotava
  • La Gomera
  • Gran Canaria
  • Abona
  • Ycoden-Daute-Isora

Estas denominaciones ayudaron a poner en valor un patrimonio vitícola único en el mundo. Muchas de sus viñas son prefiloxéricas, cultivadas sobre suelos volcánicos y en condiciones que no se encuentran en ninguna otra región europea.

Gracias a ellas, el vino canario pasó de ser una producción relativamente desconocida a convertirse en uno de los fenómenos más interesantes de la viticultura española contemporánea.

El largo parón de las nuevas denominaciones

Tras aquel impulso, la creación de nuevas denominaciones de origen se ralentizó de forma notable.

Durante años apenas aparecieron nuevas figuras territoriales de este tipo. En su lugar, muchas bodegas optaron por otras vías de reconocimiento, como las Indicaciones Geográficas Protegidas o los Vinos de Pago, una categoría reservada a fincas concretas con características excepcionales.

La ausencia de nuevas denominaciones no significa que hayan dejado de surgir proyectos vitivinícolas innovadores. Simplemente, el sistema español había alcanzado un elevado grado de madurez y la mayoría de las zonas con tradición histórica ya contaban con algún tipo de protección.

Campo de Calatrava rompe la tendencia

La situación cambió en 2024 con el reconocimiento de la Denominación de Origen Protegida Campo de Calatrava.

Ubicada en la provincia de Ciudad Real, esta nueva denominación destaca por su singular origen volcánico. Sus viñedos se desarrollan sobre terrenos marcados por una intensa actividad geológica que ha dejado huellas visibles en el paisaje y en los suelos de cultivo.

La aprobación de Campo de Calatrava supuso un acontecimiento poco habitual en el panorama vitivinícola español, ya que hacía años que no se incorporaba una nueva denominación territorial de relevancia al mapa nacional.

Además, demuestra que todavía existen zonas con personalidad suficiente para aspirar a un reconocimiento propio cuando logran acreditar una identidad diferenciada y una trayectoria vitícola consolidada.

¿Por qué se crean tan pocas denominaciones de origen?

Existen varias razones que explican esta situación.

La primera es que España cuenta ya con uno de los sistemas de protección del vino más desarrollados del mundo. La inmensa mayoría de las regiones históricas productoras están integradas en alguna denominación de origen o figura equivalente.

La segunda razón es la complejidad del proceso. Obtener una denominación de origen exige demostrar la vinculación entre el territorio y el producto, establecer normas de producción, definir variedades autorizadas y superar numerosos trámites administrativos tanto a nivel nacional como europeo.

También influye la realidad del mercado. Hoy en día muchas bodegas consideran más eficaz construir una marca sólida que impulsar una nueva denominación desde cero, un proceso que puede prolongarse durante años.

El futuro de las denominaciones españolas

Todo indica que el ritmo de creación de nuevas denominaciones seguirá siendo reducido. Sin embargo, casos como Campo de Calatrava demuestran que aún quedan territorios capaces de ofrecer una personalidad diferenciada y un relato propio.

Más que una cuestión de cantidad, el futuro parece orientarse hacia la valorización de paisajes singulares, variedades autóctonas y proyectos que sepan expresar de forma auténtica el carácter de su origen.

Y precisamente ahí reside la esencia de cualquier denominación de origen: convertir un territorio concreto en algo reconocible dentro de una copa de vino.

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